8/15/2009

Música de viejas fotos

Nuestra memoria es nuestra coherencia, nuestra razón, nuestra acción, nuestro sentimiento. Sin ella no somos nada.

Luis Buñuel, Mi último suspiro

How can I blame you when is me I can´t forgive?

Metallica, The unforgiven III

Amnesia anterógrada: Los nuevos eventos no son transferidos a la memoria a largo plazo, así que el que la sufre no será capaz de recordar nada que haya ocurrido después del inicio de este tipo de amnesia por más que un pequeño momento.

Amnesia, Enciclopedia Wikipedia.

Día 26. Paciente 5. Textual.

Los árboles negros dicen adiós con sus ramas abiertas sobre el cielo gris que acompaña la nevada. Después de unos segundos, la frágil escarcha azucarada, cae como perlas sobre el parabrisas. Hace frío. Lo sé por la cara del hombre en el asiento del copiloto; amontona nostalgia temprana en sus pupilas como si los recuerdos sean esos copos blancos dispersos en el campo que rodea la carretera. Parece que fuera ayer: Su cara es una hoja vacía con notas musicales que sabe que en poco tiempo sonaran en su memoria sorda a todo lo que no sea la sinfonía del paisaje. Van cayendo las notas al ritmo de la nieve, como estrellitas en un mapa estelar que se borra con el paso rítmico del limpiaparabrisas dispuesto a no dejar rastro del acontecimiento cósmico que ocurre en esa carretera, en ese día en particular, en ese tiempo donde dos amantes miran callados la boca negra del camino, esperando algo que se atraviese de pronto en medio, que acabe con esa angustia de sentir al destino tocándoles los hombros, acariciando el recuerdo de ese cielo gris con sus árboles negros y la blancura de la nieve que palidece los ojos con unas lágrimas en gestación. La memoria poco a poco pierde su pureza.

(¿Cómo puedo culparte si es a mí a quien no puedo perdonar?)

Día 36. Paciente 5. Textual.

Como si fuera el tiempo primero, la creación acaricia el pelo de la mujer al volante. Siguiendo las hebras castañas, el hombre busca el arcoíris con el tacto, mira el paisaje interminable que se extiende con los árboles que como negros soldados escoltan la mirada hacia el infinito color gris. La mujer sigue mirando el camino, perdida en el curso de buscar una estrella, de perseguirla hasta encontrar la luz que se escapa, que se olvida poco a poco. Ese destino que se escurre entre los dedos del anhelo, entre la ensoñación amorosa de lo que pudo ser. Así caen las emociones como copos de nieve a ambos lados del camino. Las miradas se sostienen por segundos y aunque se mantienen frías en la memoria, se olvidan poco a poco. Ella siente los dedos del amor entre su pelo, siente como acomodan sus cabellos tras su oreja y sonríe sin voltear a ver. Sabe que lo que viene no está en la mirada ciega de la caricia suave, sino en el espejo profundo del bosque, entre esos árboles que le dicen adiós a su mirada.

(¿Cómo puedo culparte si es a mí a quien no puedo perdonar?)

Día 43. Paciente 5. Textual.

¿Cómo puede culparla? El hombre no se perdona el olvidar la vista amorosa. El haberla sacrificado entre los copos de nieve que rodeaban la carretera. Mira como su anhelo se va con el movimiento del parabrisas que lava por instantes la tranquilidad de un lago congelado entre el paisaje que se puede ver dentro del automóvil cálido.

Él perdió de vista la belleza de ese instante por andar pensando en el gesto extraño de los árboles negros, en la nostalgia que empieza a nacer desde ese momento.

Su sombra vuela hacia el cielo gris como un ave voluminosa que se abre paso entre el frío, que simplemente olvida el lugar donde abandonó la caricia ciega de la ternura.

El arcoíris estaba en los ojos de la mujer, no en su cuerpo.

¿En que instante del futuro podrá perdonarse, si sabe que a partir de ahora sentirá que vive otra vida en un cuerpo distinto; en algún lugar muy lejos de esa nieve y del silencio de la mano que juega con sus dedos?

Quiero saber si todo nacería de nuevo… ¿De donde viene esta foto que miro todos los días a esta hora…?

Abuelo, ahora mismo…

¿Cuánto la amas?

7/26/2009

"Cashback" o que me devuelvan mi dinero...



Cuando una película independiente llega por casualidad a las carteleras, la mayoría de los cinéfilos aplaude. Pero no todas las películas independientes o producidas con muy poco presupuesto ofrecen una propuesta novedosa y atrevida dentro de la historia del cine mundial. Tampoco es cierto que las cintas más recomendadas entre el público “alternativo” sean arriesgadas o manejen una historia alejada de los estereotipos del llamado cine comercial. No, eso no es así y no tiene porqué serlo tampoco. ¿Será demasiado difícil pensar que a veces un director independiente quiera hacer una película estrictamente comercial? Creo que no, y hay muchos ejemplos de ello. Lo triste es que lo haga con resultados tan fallidos.


Aclamada por gran parte de la crítica, la cinta inglesa “Cashback” dirigida por Sean Ellis, se presentó brevemente en cartelera. El sugerente poster de la cinta y la breve sinopsis que ofrecieron los diarios auguraban un trabajo interesante: Está basada en un corto ganador del Oscar del mismo director, toca temas como el insomnio, el desamor, los trabajos nocturnos y el ansia de belleza. Es ganadora de un premio en el Festival de San Sebastián entre otros reconocimientos menos importantes.


La historia empieza cuando Ben Willis, un joven estudiante de arte rompe con su guapísima novia por razones que nunca se aclaran. El caso es que el desamor le provoca un insomnio agudo. Para sobrellevarlo, Ben toma el turno nocturno de un supermercado donde conoce a singulares personajes como su jefe, un erotómano medio pedante, dos tipos que son el estereotipo de Beavis y Butthead y una joven rubia de una belleza discreta que sueña con viajar a Latinoamérica para “abrir sus horizontes”. Con esta clase personajes el director busca repetir todos los clishes de las películas rosas para adolescentes. Desde un primer momento sabemos que Ben terminará con la joven cajera y que todos aprenderán que el amor no se crea ni se destruye sino sólo se transforma.


Un detalle particular de nuestro personaje es algo que se ha vuelto muy recurrente en muchas películas de un tiempo a la fecha: “El síndrome Amelie”, es decir, se trata de un joven sensible que pasa la mayor parte del tiempo soñando despierto y “viendo la belleza de los pequeños detalles de la vida”. Se imagina que las mujeres que acuden a comprar se quedan estáticas para que el pueda dibujarlas a placer. Obviamente, suponemos que en esa parte de Inglaterra todas las amas de casa son supermodelos ya que parecen ser la única clientela que visita el lugar para ser parte del ansia de belleza del protagonista. Las situaciones trilladas y filmadas hasta la nausea por las producciones estadounidenses son explotadas de tal forma que todo lo que vemos podemos relacionarlo con cualquier película ñoña de adolescentes incomprendidos que encuentran en el destino el poder del amor. Neta, no exagero: La cajera y Ben van a una fiesta donde se encuentra su ex novia, en un momento de descuido, la ex novia le da un beso a Ben en el momento justo en que ¡La cajera lo está viendo todo! Obvio que el drama final es saber si será perdonado o si regresará con su ex y curará su insomnio, si su trabajo como dibujante será reconocido.… Bueno, todo eso se soluciona en los últimos diez minutos de la cinta. Es más, los valores terriblemente materialistas que maneja la cinta son de pena ajena, ya que la vida amorosa de Ben y sus conflictos personales se resuelven al obtener reconocimiento y fama por sus dibujos; cuando su trabajo es exhibido en una galería importante y sus problemas económicos se solucionan. Ah, mira qué bien. Honestamente, hasta las películas de Mandy Moore (quien está cada día más hermosa, cabe añadir) manejan personajes y situaciones menos planas y predecibles.


Podríamos hablar de ciertas situaciones en particular e ir pormenorizando en las incongruencias de la cinta y mencionar al insomnio de más de tres semanas que no tiene consecuencias físicas o mentales, al hecho de que de buenas a primeras la ex novia quiera volver con el protagonista o que éste la olvide tan rápido gracias a la cajera no obstante que desde el principio se nos hace notar lo terriblemente devastado que se encuentra por la ruptura, etc…


Ahora, gritar de indignación hacia una película promovida como “alternativa” que lleva el maniqueísmo del peor churro sentimental hasta un nuevo nivel parece válido. Sencillamente, “Cashback”, invalida por mucho las etiquetas que le cuelgan. Aunque tal vez la culpa no sea sólo de la crítica que avala la película o de su director y su pésimo guión, quizá el espectador tiene también parte de la responsabilidad en su molestia, al pretender que una cinta independiente tenga por fuerza que sorprenderlo. Mea culpa.


Dirección y guión: Sean Ellis.
País:
Reino Unido.
Año: 2006.
Duración: 102 min.
Actores: Sean Biggerstaff (Ben Willis), Emilia Fox (Sharon), Shaun Evans (Sean), Michelle Ryan (Suzy), Stuart Goodwin (Jenkins), Michael Dixon (Barry), Michael Lambourne (Matt), Marc Pickering (Brian), Nick Hancock (Rory).

Producción: Lene Bausager y Sean Ellis

7/19/2009

La tara y la fuerza


El ataúd siempre se te presenta contundente como una llama. Es en ese momento donde te das cuenta que algo ha cambiado, que cierta dinámica familiar se ha ido para siempre. En esos momentos únicos, la familia y amigos forman un escudo sólido que rodea a todos, la unidad se resume a ese cajón, a esa forma de recalcar la crisis.

Mi bisabuela falleció este fin de semana y aunque no era una persona demasiado cercana a mí o a mis hermanos, persisten como siempre recuerdos que aquí y allá la memoria va recuperando. Momentos que se creían perdidos pero que ante la muerte resurgen y adquieren nuevo significado. Como decía Pasolini: “La muerte es la editora de nuestras vidas”. Y es que ella es la que, una vez que nos toma consigo o nos toca el hombro como dice Castaneda, selecciona los momentos que definieron nuestra vida para unirlos como en una película. La paja de nuestra existencia queda detrás y lo verdaderamente importante se pule, el anecdotario se convierte en tesoro y legado.

Mi familia ha tenido una maldición constante que ha marcado en algún punto la vida de cada generación: El alcoholismo. Entre los hombres es una constante. Al mismo tiempo, la longevidad de las mujeres. (No se ha comprobado oficialmente que la causa de la bebida en los varones tenga algo que ver con el carácter de las mujeres, así que déjemos los chistes un momento.) Ellas lograron rescatar a los hijos de un padre violento a causa del alcohol para luego verlos caer y luchar contra el mismo problema. Mi abuela materna recuerda con especial color y sin coraje o tristeza que en su casa nunca se pudo observar una vajilla completa porque en cada arranque de ebriedad, su papá rompía toda la loza. Luego su marido, mi abuelo, pasó por lo mismo y se recuperó a base de mucho esfuerzo, no obstante, en el camino perdió su matrimonio. Y es que las taras familiares existen y cuando menos lo pensamos, nos encontramos repitiendo algo que hizo o dijo algún tío lejano o primo en tercer grado.

Mi bisabuela María Isabel vio morir a su joven marido. La cirrosis lo consumió inusitadamente rápido. Ella sola llevo adelante a mi abuelo y al resto de sus hijos. Los hombres para variar lucharon contra el alcohol y la única mujer, sigue actualmente casada con alguien que tiene el mismo padecimiento. Mi bisabuela Isabel perteneció a esa generación fuerte que vive muchísimo. Generalmente la edad de muerte entre las mujeres de mi familia es por arriba de los 80 años. Mi bisabuela cumplió 97 a principios de este año, aunque desde décadas atrás, cuestionaba el motivo de su existencia. Siempre temió ser una carga y nunca lo fue, puesto que su cuidado mantuvo vivo el vínculo familiar. Hubo tristeza, pero las circunstancias permitieron que el ambiente de resignación cediera pronto. Luego vino la calma y la charla de la familia, inusitadamente reunida, ya que ni en navidad recuerdo haber visto a tanta gente con las que comparto un apellido, una tara y las costumbres heredadas, juntas en un mismo lugar.

Fue extraño presenciar el servicio religioso y oír al sacerdote pedir a Dios por el descanso de “nuestra hermana” y sobretodo escucharle invocar al todopoderoso para que recibiera en su Reino a “su hija”. Una aclaración pertinente brotó en mi interior: Mi bisabuela no era ni su hermana y mucho menos hija de ningún Dios; desde que la conocí era "abuelita" sola con sus guisos, sus peculiares regaños y el paquete de chocolates que nos regalaba en cada cumpleaños. Era el pilar moral de nuestra familia y así es como pienso recordarla.

Aunque la vi pocos días antes de morir, me despedí de ella hace dos años que fue la última vez en la que me reconoció. Desde ese día sentí que una parte de la historia se terminaba. Los bisnietos más pequeños la mantuvieron alegre y viva en estos últimos años. Según palabras de mi abuelo: “Nadie pudo tener una muerte más tranquila”; rodeada de sus tres hijos ancianos y cansados también de la vida dura.

Descansa en paz bisabuela, aquí continuamos luchando contra las taras y las luchas de toda la vida que se repiten de generación en generación. Nos quedamos con lo que nos pudiste enseñar para sobrevivir a dichas batallas de donde salimos más heridos que vivos, pero de eso se trata ¿verdad? De permanecer en pie y morir cada día un poco menos.


Mérida, 19 de Julio de 2009

5/24/2009

Para tu recuerdo imaginario



El Hombre Imaginario
Nicanor Parra


El hombre imaginario
vive en una mansión imaginaria
rodeada de árboles imaginarios
a la orilla de un río imaginario

De los muros que son imaginarios
penden antiguos cuadros imaginarios
irreparables grietas imaginarias
que representan hechos imaginarios
ocurridos en mundos imaginarios
en lugares y tiempos imaginarios

Todas las tardes imaginarias
sube las escaleras imaginarias
y se asoma al balcón imaginario
a mirar el paisaje imaginario
que consiste en un valle imaginario
circundado de cerros imaginarios

Sombras imaginarias
vienen por el camino imaginario
entonando canciones imaginarias
a la muerte del sol imaginario

Y en las noches de luna imaginaria
sueña con la mujer imaginaria
que le brindó su amor imaginario
vuelve a sentir ese mismo dolor
ese mismo placer imaginario
y vuelve a palpitar
el corazón del hombre imaginario

5/22/2009

El funeral de la tarde


Caen los recuerdos sobre la tarde

Son tantos que parecen nieve sobre el córcel de madera



Los pies del árbol chapotean en el lodo fresco de lo perdido


Sólo falta la nube coronada por las tinieblas


Se calló el ángel de la tierna frase


Aquí ya no hay tiempo


Pero pesa el silencio como hueso de búfalo

agrieta el corazón el taladro de las palabras

sangrará mi lágrima de opalina


el guardián armado de la noche

el grito nóctambulo

el grito lumbre

la fogata encendida de frío

la tibia sábana de luz encorsetada por el bosque

...todo se apagó


esta tarde

alguien

derramó el járabe viscoso de la tristeza

en mi pecho


p.

5/03/2009

Por mujeres como tú


¿Dónde estás mientras me desangro en esta bola de fierros que antes fue mi Audi? Todo por tu culpa. Le pedí a Miguel y a Leonardo que me acompañaran. Íbamos derechitos a madrearnos a esos tipos con los que andas desperdiciando tu cariño. Ahora sé que Miguel esta muerto.

Leonardo empezó a gritar que no veía su cabeza y ve tú a saber. Yo lo último que vi fue el muro del hotel “Marilago”.

Pero, ah, tú querías escaparte con esos y tuviste el cinismo de no decirme adonde. De seguro estas con ellos allá en el bar “La Costa”. Todos chupando a toda madre y bailando bien contentos. ¡Ay! Creo que tengo el volante clavado en mi pecho, ya sentí el frío del cromo que recién le puse esta semana.

No tenías derecho. Siempre te traté bien; cuando iba por ti a la escuela hasta saludaba a tus amigos y les enseñaba mi Kawasaki antes de venderla para sacar el Audi que tanto te gustó. Ahora no sé en cuántos cachos me sacarán de él. Ni siquiera me imagino como se ve por fuera ¡carajo! y estaba recién lavado. Mi hermoso caballo azabache…

Después de todo lo que hice para caerles bien a tus papás. Hasta me lucí invitándolos a Xcaret. Y tú siempre con cara de angelito presumiéndome en pose de “vean, pobretones, como yo puedo darme todos los gustos que ustedes no”. Bien que me fijé. Aún así me gustaste desde que te vi bailando en el “Mambo Café” con tus amigos del colegio. Pero entérate de una vez que en mis escapadas al “Rodeo del Norte” nunca faltaba una nalguita mejor que tú que quisiera irse conmigo a seguir la fiesta. Y que quede claro también, que de todas esas que me despaché, a ninguna la vi otra vez porque tú me gustabas tanto - y ahora te lo puedo decir - que igual me casaba contigo… qué pendejo…

Te aburrías de mí sin razón. Ya luego luego me di cuenta que inventabas pretextos para salir cada vez menos conmigo. No te hagas, y luego esos mensajitos que no me querías mostrar eran la prueba final de que tus ojos me escondían traición. Y todavía que decías que me adorabas, que no conocías a nadie tan guapo como yo.

Mentiras todas las que salían de tu boca…aaaah, qué frío más jodido…

Ya sé por qué me duelen los ojos y no, no creas que es por las lágrimas que piensas que te mereces, es porqué la mitad del parabrisas lo tengo en medio de la cara.
Lo nuestro es el pasado que se olvida a cuenta de tequilas, descorazonada.
Escucho voces afuera, apenas distingo que hay muchas luces y flashes. Todos van a ver en la primera plana del “De peso” unas buenas fotos de Miguel sin cabeza y de su cabeza sola. Malditos buitres. Nadamas quiero que mañana por la mañana, cuando te vayas a la escuela contenta de que por primera vez, no te busqué por toda la ciudad ni te hablé por teléfono, nos mires acabados por tu causa a mí, a Leonardo, a Miguel y a la cabeza de Miguel. En ese momento vas a reconocer a este pobre diablo que ya no tendrás más a tu lado, abrazándote todita.

A unos los segundos del madrazo, todavía sonaba el disco de Pepe Aguilar que puse nomás para alimentarme el coraje de que otra vez me hayas querido ver la cara…si, mi cara aplastada…ya no sé.

Leonardo está como que diciendo algo que no entiendo porque siento la cara toda húmeda y ahora más que nunca quisiera tomarme un Cabrito reposado para olvidarme de todo. Para decirte que el dolor del alma no se compara con ninguna fractura múltiple ni con ningún estallamiento de vísceras, porque a fin de cuentas, mi corazón no presume ninguna herida ya que tú lo convertiste en piedra, arpía hermosa, hiel para mi corazón enamorado. Niña babosa que cantaba esa pinche cursileria…de…ya no me acuerdo. Pero qué canción de Sin Bandera ni que ocho cuartos, los meros meros K-Paz de la Sierra sonarían ahorita y a punta de trombones me arrancarían del pecho tu recuerdo. Para despertar a todo mundo con mis gritos sobre este infierno que inició al conocerte y ahora pues…Me gustaría un poco más de cariño…



CCN

Esa cosa horrible




La vieja tiene la verruga del tamaño de una canica. Parece que tiene una sucia nariz de payaso. La cosa esa tiene hasta dos o tres pelos. Nadie de mis amigos le quiere comprar a la señora, pero cuando no va el otro viejito a la salida de la escuela, no queda de otra que comprarle a ella los saborines.

Ayer, ninguno de mis papás se puso de acuerdo para ir por mí a la salida y por eso tuve que soportar ver a esa señora horrible mientras esperaba. El problema es que no sé va hasta que se ya se fueron todos los niños y eso que vende bien poquito. Nadie le quiere comprar. Algunos de mis amigos ya le pidieron al director que la corra. Le dijeron que está horrible y da asco. Pero ni así. La señora sigue ahí todos los días. Pienso hacer algo para no verla más. El otro día me enteré que un chavo de primero de secundaria le tiró piedras a un nido de pájaros del árbol que está junto a las chanchas de futbol. Que le atinó a la primera y luego, los otros chavos que estaban con él pisotearon a los pajaritos. Quedaron hechos caca, y al rato el conserje tuvo que levantarlos. Parecían plastilina. Creo que si saco el dinerito que tengo ahorrado y le doy una lana a ese chavo para que apedreé a la vieja, tal ves ahora sí se vaya. Lo malo es que le caigo mal al cuate. Siempre que me ve me pega un zape. Cuando hace eso nadamas me volteo y voy para otro lado porque los de primaria ya estamos acostumbrados a que los de secundaria nos agarren de bajada. El otro día encerraron en el baño a Jaime, el más nerd de la clase. Dos de los más gandallas del equipo de basket hicieron que metiera la cabeza en uno de los urinales. Salió todo apestoso y casi llorando de la vergüenza. Los fue acusar con el director pero no les hicieron nada porque al director le dan miedo los papás. Por ejemplo, el mío fue un día bien encabronado a reclamarle porque no me dejó pasar un día que llegué tarde. Le dijo pendejo y no me acuerdo qué tanto. Casi se lo agarra a golpes. Yo me cagué de risa en silencio pero ya en la tarde a mi también me tocó cagotiza. Y también madrazos, porque según fue mi culpa también por no despertarme a tiempo. Yo siempre me duermo temprano pero cuando mi hermano Raúl pone esas películas pornográficas pues... por más que me esfuerzo nunca alcanzó a dormirme y menos cuando empieza a jalársela y dar de gemidos. Me caga mi hermano Raúl y mi papá, siempre tan chiles para madrearme a mí, pero aquel día que unos tipos le dijeron no sé que cosas a mi mamá mientras salíamos del cine, ni papá ni Raúl hicieron nada. Par de maricones. De todas formas yo sí voy a hacer las cosas que quiera. Me voy a librar de la vieja esa que me da asco. Tengo quinientos varos que le robé a mi tío Beto cuando se quedó dormido en el baño durante el último cumpleaños de mi papá. Estaba acostado en el piso, todo vomitado. Por eso aproveché para sacarle el dinero de su cartera. El tío Beto es el más pendejo de todos mis tíos. No trabaja, se consiguió una ruca que lo mantiene. Ya se divorció una vez, porque según escuché hace mucho, le gustaba manosear a mis primas. Así que me vale gorro robarle dinero que ni es de él. Voy a pagarle a los cuates del chavo ese de secundaria para que juntos le aventemos piedras a la vieja y no regrese nunca. Afea la vista de los que salimos de la escuela. Lo que menos nos gusta de la vida es ver esa cosa horrible que tiene en medio de la cara.


ccn

Mi compadre Aarón (cuento)


Te va a caer bien mi compadre Aarón. Es rete-simpático. Siempre que podemos, compramos una de bacardí pa´ toda la noche. Su mujer se ve que lo quiere. Me consta que cuando él llega de la chamba, toma una cerveza y ven juntos la novela de las nueve. Le gusta hablar mucho ¿Su casa? Ah, es una de cartón pero allí se chupa a gusto; ta´lleno de posters del Toluca y de Araceli Arámbula, ya sabes, una vez me contó que en un sueño él estaba en medio de un lugar que se parecía al campo donde juegan fútbol los de su colonia y que en eso, Araceli se le acercó caminando, pero él se volteó para otro lado, donde venía su hijo con un balón de básquet y le preguntaba si su mamá tenía chichis de uva pasa.


Para él, ese sueño fue como de buena suerte y se fue a comprarse otro póster pa´ ponerlo en la puerta.


¡Nos ha pasado cada cosa cuando chupamos! Uff, ni te imaginas. Es más, en una ocasión estábamos escuchando canciones de Juanga y de repente, se cayó una tarántula del techo a la mesa. Aarón se le quedó mirando un ratito y luego despedazó un bolillo duro para darle migajas al bicho ese, que empezó a comer luego, luego.


¿Sabes cómo conoció a mi comadre? Me platicó que fue en un baile allá en su pueblo, ella se emborrachó con dos cubas y la tuvo que llevar a su casa. Desde ese momento, la visitó seguido hasta que se hicieron novios y luego la sacó de casa de sus papás porque su suegro no quería que anduviera con Aarón. Quesque tenía fama de mujeriego. Pero nada que ver.


Tiene un hijo que se llama como él... desde chico fue bien travieso. Me platicó Aarón que cuando su chamaco tenía cinco años salió sonámbulo a la calle y se metió en el gallinero de la vecina. Ahí se la pasó gritando que el diablo lo iba a convertir en animal. Así decía con alaridos que despertaron a toda la cuadra. A los diez años, el niño y sus amigos aventaron piedras a una viejita que vendía tacos de canasta, una que pasaba gritando en un triciclo. Le echaron la culpa a Aaróncito. Esto me lo contó Aarón un día que nos fuimos a una cantina a echarnos unas chelas. Yo creo que así son todos los mocosos, ¿verdad? Al rato de eso, el niño dejó de estudiar y empezó a visitar la casa de un señor que nació mal de las piernas y que vivía a dos cuadras de ellos porque según decía que le contaba cuentos. Aarón trabajaba todo el día en la construcción de un conjunto de condominios y sólo alcanzaba a oír medio dormido las historias que le contaba su esposa sobre lo que pasaba; ella le dijo un día que a Aaroncito le gustaba meterse al monte y buscar lo que dejaban los vándalos. Hasta llevó a su casa un calzón ensangrentado. ¿Te imaginas? ¡Qué chamaco tan aventado!...


Tómate esa caguama que se está calentando. El domingo de la final Monterrey- Toluca, la vimos en su casa. Desde tempra le entramos al chupe y apenas si veíamos la tele. En el momento en que Cardozo iba a cobrar un penal a favor de los Diablos Rojos entró su chamaco con una cabeza de gallo recién cortada. Yo medio me fijé pero no le presté atención porque en eso, Aarón y yo gritamos el gol. Cuando mi compadre se dio cuenta de lo que su hijo tenía en la mano me sonrió y me dijo “le encanta sacarle canas verdes a su madre”.


¿Cómo? Sí, hace poco lo envió a pasar las vacaciones con una tía en Tabasco. Lo que pasó es que un día que regresaba de la constructora, lo encontró en medio del cuarto caminando desnudo sobre vasos de vidrio rotos. Cuando se le ocurrió preguntarle por qué hacía eso, le respondió que era un sacrificio para evitar que el mundo explote o que vengan los extraterrestres. Aarón me explicó que su hijo salió igualito a su tío Juan, que él también era así a su edad y que era mejor que en Tabasco se vaya diario al platanar y que se distraiga trabajando.


En fin, mi compadre es rechingón. Hace como una semana se compró una moto usada y llevó a mi comadre al baile de los Temerarios. El lunes que lo vi, yo pasaba en bicicleta en la esquina de la obra donde ahora trabaja. Quihubo mi Aarón, dos como la gente ¿no? Le grité, entonces él dejó el carrito de mezcla y me dijo que pa´ este domingo.


Ya nos debe estar esperando, le dije que le iba a llevar un carnal. Acábate esa chela y ahorita saliendo, vamos por otras caguamas pa´ ver el partido del Toluca en su casa, mi comadre ya debe haber preparado unos taquitos dorados. Vas a ver qué bien la pasamos...

CCN

4/03/2009

Albert Pla - Era Perkins

...!¿?. =(?

EL PERFORMANCE DE ------Albert Pla - Cancion de barrio

2/23/2009

Persona


Hace poco volví a ver Persona de Ingmar Bergman y la idea de que la imagen del espejo nos devuelva la mirada al tiempo que nos hace ver algo que ya teníamos pero de lo que no nos percatábamos, se presentó radical e inspiradora. Creo que la escritura debe ser eso, una faceta de lo que no comprendemos pero que está ahí indudablemente. Revelarla en su crudeza, sin más explicaciones que sus detalles siniestros o demasiado deslumbrantes, debería ser el gran reto. ¿Dónde quedó esa exposición de la escritura que como el cadaver tasajeado de una res en el rastro, nos repelía pero nos fascinaba a la vez? ¿Hace cuánto que la palabra no muerde? ¿De verdad podemos ver nuestra imagen en el espejo con la claridad suficiente para no repudiarnos? Como escribió Cioran: "Si uno pudiera verse como es por fuera, se aniquilaría en ese mismo momento". ¿Es verdad que las palabras nos pueden dar nuestra imagen perdida o solamente huimos de ella?
C.

2/09/2009

Intermedio


Amortiguado es una bestia que los escritores defecantes siempre lo quieren cagar porque él ha escrito cuentos padrísimos le digo que es un escritor muy bueno que la literatura no es para los demás que la literatura es amor okey,okey el lugar común de la vida es el desamor ¿pero vamos a dejar que Moloch nos aplaste que nos pisotee vamos a perder la dignidad de artistas? ¿Vamos a dejar que nos pongan letreros de outsiders perdidos y vencidos? No, no, no, tenemos que aullar que gritar que aullar como William Burroughs tenemos que aullar, aullar, aullar y como estoy eufórico pongo un disco de Los Beatles y sigo chupando y bailo como loquito solo al rato trueno, troc y al piso...


Pasto Verde, Parménides Garcia Saldaña

Ilustración de Iván Solbes

1/03/2009

Yo necesito Amor


Klaus Kinski vivió y actuó de la misma forma que escribió sus memorias. Con un estilo frenético que no permite respiro al léctor, el explosivo Kinski- Nosferatu- Aguirre, iracundo como Dios mismo y descarnado como un cristiano en el coliseo, abre el mundo en que padeció la vida y la gozó en la medida que sus obsesiones le permitieron. El siguiente fragmento, narra la noche en la que conoció a su segunda esposa Minhoi.



En las afueras de una aldea situada en las montañas pobladas de jungla de Vietnam del Sur, cerca de Dalat, donde habitan los moi, hay una niña de cuatro años que chilla. Esa niña nada sabe de la sucia guerra que está aniquilando a su pueblo desde hace más de diez años. Nada sabe de las patrullas de los invasores, ni de los vietcongs que avanzan sigilosos por la jungla. Y nada sabe de la trampa tigres en la que ha caído esta tarde. No la había visto, pues los aldeanos cubren las trampas con cañas de bambú.
Grita porque al caer se ha herido la pantorrilla. Grita sin parar. Pero nadie oye su gritos. Los cuatros metros de profundidad de la zanja absorben todos los sonidos y no dejan salir ninguno al exterior.
Al caer la noche de la manera repentina en que lo hace en la jungla, los aldeanos han interrumpido la búsqueda de la niña que se había ido a jugar y no ha vuelto.
Conforme avanzan las horas, los gritos de la niña van haciéndose más débiles, hasta enmudecer por completo. Sólo el lechón encerrado en una estrecha jaula de bambú en el fondo de la zanja, y encargado de atraer al tigre con su olor, gruñe inquieto y tiene miedo.
La niña se ha dormido y ya no oye los gruñidos del lechón ni el leve jadeo del tigre, que ya ha localizado al lechón por su olor y ronda silencioso la trampa, de un metro de ancho y dos metros de largo.
Cuando amanece, los aldeanos reanudan la búsqueda de la niña y descubren el rastro del tigre, cuyas zarpas dejan claras señales en la tierra húmeda. Los aldeanos se acercan a la trampa armados de afiladas cañas de bambú, y el más valiente de ellos se asoma al borde de la zanja para averiguar el tamaño del tigre. Pero no le ruge un tigre, sino que le sonríe la niña, mientras acaricia a lechón, que duerme, con los dedos metidos por entre los barrotes de la jaula de bambú.
Minhoi, la niña de cuatro años salida de la trampa para tigres, tiene hoy diecinueve años y está delante de mí. La abrazo y quiero besarla. Como si ya conociera esta historia y durante los quince años pasados desde entonces no hubiera hecho otra cosa que esperar el momento de abrazar y besar a esa chica a la que no conozco, un momento que se me figura la culminación de todos mis anhelos amorosos.
La belleza chocante y misteriosa de su rostro exótico queda aún más subrayada por esa mirada agresiva de animal prisionero que ha sido trasladado a la civilización y que aquí, en la Vía Appia Antica, se encuentra tan fuera de lugar como en el resto del mundo supuestamente civilizado. Molesta e indignada por mi impertinencia, se zafa bruscamente de mi abrazo.
Su cabello largo y pletórico, del color de las castañas tostadas, cae pesadamente hacia abajo. Las cejas forman como dos lunas crecientes por encima de las lejanas estrellas oscuras de sus ojos oblicuos y almendrados. La perfección de su rostro oval sólo es comparable con a la de sus gatunos pómulos de asiática. Su piel color ocre no tiene la menor arruga, ni siquiera por debajo de los ojos. Los labios superior e inferior de su boca de resplandor violeta son abultados pero de formas regulares, y de una seriedad tan sigilosa que la ruidosa cháchara de los invitados enmudece para mis oídos.
Tiene un cuerpo infantil, como la mayoría de las vietnamitas. Sus pechos apenas se marcan en la tela gruesa de su minivestidos en forma de trapecio, sobre el cual lleva un abrigo abierto de leopardo que, como su cuerpo, desprende un embriagador aroma oriental. Sus manos esbeltas de niña son calientes y suaves, y sus uñas pintadas de negro son tan largas como las de una princesa china.
Estoy celebrando una fiesta en mi casa. He invitado a todos mis amigos, diciéndoles que traigan a quienes deseen. Pero ninguno de los presentes conoce a la vietnamita. No ha venido con nadie, y nadie la ha visto entrar.
Las mesas están repletas de champán y caviar y todas las delicias imaginables. De los altavoces brota música rock. Los invitados comen, beben, charlan, ríen, bailan. Cada uno puede hacer lo que le apetezca, y yo no estoy pendiente de nadie. Sólo veo a esa mezcla de china e indonesa, cuyo pueblo es para mí, a partir de hoy, el más hermoso de la Tierra.
No me enfado porque me haya rechazado tan abruptamente. Ha sido culpa mía. Y mi ansiedad va creciendo mientras sigue sin ocurrírseme ningún modo de ganarme su amor. Y es que cuanto más intuyo, o mejor dicho, cuanto más seguro estoy de que caeré en sus redes para siempre, más se apodera de mí un inexplicable miedo de perderla antes de haberla poseído.
Mi cerebro trabaja enfebrecidamente. Ante todo, tengo que sacarla de esa vorágine humana. Pero, ¿cómo? ¿Con qué pretexto? El azar acude a mi auxilio. Tiene hambre. O por lo menos apetito, pues intenta llegar a la mesa donde está el caviar, sobre la que los invitados se lanzan como pirañas. Me abro paso por entre la masa de glotones, lleno de caviar dos cuencos de madera, los pongo en un plato, amontono en otros montañas de salmón, finísimas lonchas de foi y trufas blancas trinchadas me pongo bajo el brazo una botella de Dom Perignon y busco a Minhoi.
Está de pie delante de la chimenea barroca de tres metros de altura, y se calienta con las vivas llamas, que, junto con cientos de velas, iluminan el salón con su luz aleteante.
A pesar del abrigo de leopardo, Minhoi parece tener frío.
En todo el salón no hay una sola silla libre, ni un sillón, ni un diván en el que pueda sentarse Minhoi. Esa es mi oportunidad. Le digo que en mi habitación azul podrá comer y beber con toda tranquilidad, y la llevo al piso de abajo. Mando a otra parte a los criados de librea y guantes blancos que se disponen a caldear la habitación azul, y enciendo fuego yo mismo.
En la habitación azul, cuyas paredes están forradas de seda italiana azul, cuyas ventanas están veladas por cortinas de seda azul, cuyas ventanas están veladas por cortinas de seda azul, y cuyo suelo está cubierto por alfombras chinas con dibujos azules, sólo hay una cama francesa, cubierta por una colcha también de seda azul. De la iluminación se encarga un candelabro situado en el borde de la repisa de la chimenea.
Dejo los platos encima de la colcha de seda y le pido a Minhoi que tome asiento en la cama. Pero ella prefiere comer de pie.
- ¿Tienes cocaína? – me pregunta de repente, como un niño que se imagina un pudín de chocolate una vez que ha acabado de comer.
(págs 230-233)

Klaus Kinski, Yo necesito Amor, Tusquets, 2006.